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miércoles, 21 de agosto de 2013

Decálogo para escribir novelas (La novela negra está de luto)


Elmore Leonard, autor de medio centenar de novelas de género, ha fallecido a los 87 años en un suburbio de Detroit, ciudad que hacía unas semanas proclamaba oficialmente su decrepitud, declarándose en bancarrota, y donde el escritor había pasado la mayor parte de su vida. Leonard había nacido en 1925 en otra ciudad cuya decrepitud intrínseca es también beneficiosa para la imaginación, Nueva Orleans, y llevaba 60 años publicando novelas a razón de una por año, con la mera excusa de que “le resultaba divertido hacerlo”. Su idea de literatura no podía estar más clara.

Harto de que lo atosigaran con preguntas que explicaran la clave de su éxito, en 2001 redactó un decálogo que no tiene desperdicio. “Bajo ningún concepto empiece una novela hablando del tiempo que hace”. “Nada de prólogos”. “Evite las descripciones detalladas de cosas, personajes o lugares”. En esencia, la poética del novelista se puede resumir en dos normas: “No escribir lo que se suele saltar el lector” y sobre todo: “Si suena a literatura, olvídelo, no sirve”.

Esa naturalidad hacía saltar por los aires las distinciones entre “alta” y “baja” literatura. Escritores como Martin Amis, Saul Bellow, Barry Gifford o Raymond Carver coincidían en proclamar la maestría de Elmore Leonard con lectores que jamás les habían leído ni pensaban hacerlo. Stephen King, por traer a colación a un escritor de una estirpe muy distinta, estaba totalmente de acuerdo.

Empezó escribiendo cuentos y novelas del Oeste, en la década de los cincuenta. La primera, una narración de media distancia titulada El agente apache, la vendió por 90 dólares a la revista Argosy, que enseguida vio en él a un maestro en ciernes del género. Una de las últimas, Hombre (1961), fue elegida por los especialistas como uno de los mejores westerns de todos los tiempos. Su método para inspirarse, según confesó en una entrevista, consistía en sumergirse hipnóticamente en la lectura de una publicación titulada Autopistas de Arizona. Donde los demás no veían más que paisajes áridos, Elmore atisbaba un filón inagotable de historias, todas pobladas de personajes nítidamente definidos.

Cuando los westerns empezaron a perder el favor del público, Leonard se pasó a la ficción criminal. Su primera novela negra, The Big Bounce, fue rechazada por un total de 84 editoriales y varias productoras cinematográficas. Acabó siendo un best seller del que se hicieron dos versiones fílmicas. En sus nuevas ficciones, el desierto fue sustituido por una sucesión de enclaves urbanos. Los nuevos escenarios eran lugares como Detroit y Nueva Orleans, Miami, San Juan o Atlantic City. Tan importante como el trasfondo urbano, una galería de personajes que tenían en común su desprecio por la ley y las buenas costumbres, por quienes el novelista sentía particular debilidad.

En cuanto al estilo, en conformidad con su decálogo de la buena escritura, era prioritaria la escalofriante desnudez de la prosa, técnica que aprendió de Hemingway, a quien sin embargo achacaba un grave defecto: su falta de sentido del humor, fallo que el discípulo supo mantener a raya. En segundo lugar, el dominio del diálogo: la manera de hablar de sus personajes es real. Las páginas de Elmore Leonard destacan por sus cualidades sensoriales auditivas, tanto como visuales. Otro truco: imitar no a los nombres encasillados en el género negro, sino a autores de la estirpe de John Steinbeck y John O’Hara, por señalar dos influencias muy cercanas. Eso explica que Martin Amis dijera en una ocasión que al lado de la suya, la prosa de Chandler resultaba torpe.

La obra de Leonard parecía nacida más para la pantalla, grande o pequeña, que para la página. Aparte de las adaptaciones televisivas, una veintena de títulos de Elmore Leonard, entre relatos y novelas, fueron trasladados con gran éxito al cine. Pocos escritores pueden alardear de un reparto de actores encargados de dar vida a sus personajes de papel como el suyo: Paul Newman, en Hombre; Charles Bronson, en Mister Majestyk; Burt Lancaster, en Que viene Valdez; Burt Reynolds, en Stick; Alan Alda, en La guerra de los contrabandistas; Pam Grier, en Jackie Brown; George Clooney y Jennifer López, en Una relación muy peligrosa; Peter Falk, enPronto; Mickey Rourke, en Killshot; John Travolta, en Cómo conquistar Hollywood, y Glenn Ford y Russell Crowe, en dos versiones diferentes deYuma (separadas entre sí por una distancia de 50 años). La muerte de Elmore Leonard deja una larga huella de tristeza, uniendo en un sentimiento difícil de explicar a escritores y lectores que en principio a nadie se le hubiera ocurrido aunar.

martes, 30 de julio de 2013

textos realistas antirrománticos: Pepita Jiménez ( Juan Valera, 1874)

Al llegar a este punto no podemos menos de hacer notar el carácter de autenticidad que tiene la presente historia, admirándonos de la escrupulosa exactitud de la persona que la compuso. Porque, si algo de fingido, como en una novela, hubiera en estos Paralipómenos, no cabe duda en que una entrevista tan importante y transcendente como la de Pepita y D. Luis se hubiera dispuesto por medios menos vulgares que los aquí empleados. Tal vez nuestros héroes, yendo a una nueva expedición campestre, hubieran sido sorprendidos por deshecha y pavorosa tempestad, teniendo que refugiarse en las ruinas de algún antiguo castillo o torre moruna, donde por fuerza había de ser fama que aparecían espectros o cosas por el estilo. Tal vez nuestros héroes hubieran caído en poder de alguna partida de bandoleros, de la cual hubieran escapado merced a la serenidad y valentía de D. Luis, albergándose luego durante la noche, sin que se pudiese evitar, y solitos los dos, en una caverna o gruta. Y tal vez,   —197→   por último, el autor hubiera arreglado el negocio de manera que Pepita y su vacilante admirador hubieran tenido que hacer un viaje por mar, y aunque ahora no hay piratas o corsarios argelinos, no es difícil inventar un buen naufragio, en el cual don Luis hubiera salvado a Pepita, arribando a una isla desierta o a otro lugar poético y apartado. Cualquiera de estos recursos hubiera preparado con más arte el coloquio apasionado de los dos jóvenes y hubiera justificado mejor a D. Luis. Creemos, sin embargo, que en vez de censurar al autor porque no apela a tales enredos, conviene darle gracias por la mucha conciencia que tiene, sacrificando a la fidelidad del relato el portentoso efecto que haría si se atreviese a exornarle y bordarle con lances y episodios sacados de su fantasía.
Si no hubo más que la oficiosidad y destreza de Antoñona y la debilidad con que D. Luis se comprometió a acudir a la cita, ¿para qué forjar embustes y traer a los dos amantes como arrastrados por la fatalidad a que se vean y hablen a solas con gravísimo peligro de la virtud y entereza de ambos? Nada de eso. Si D. Luis se conduce bien o mal en venir a la cita, y si Pepita Jiménez, a quien Antoñona había ya dicho que D. Luis espontáneamente venía   —198→   a verla, hace mal o bien en alegrarse de aquella visita algo misteriosa y fuera de tiempo, no echemos la culpa al acaso, sino a los mismos personajes que en esta historia figuran y a las pasiones que sienten.
Mucho queremos nosotros a Pepita; pero la verdad es antes que todo, y la hemos de decir, aunque perjudique a nuestra heroína. A las ocho le dijo Antoñona que D. Luis iba a venir; y Pepita, que hablaba de morirse, que tenía los ojos encendidos y los párpados un poquito inflamados de llorar y que estaba bastante despeinada, no pensó desde entonces sino en componerse y arreglarse para recibir a D. Luis. Se lavó la cara con agua tibia para que el estrago del llanto desapareciese hasta el punto preciso de no afear, mas no para que no quedasen huellas de que había llorado; se compuso el pelo de suerte que no denunciaba estudio cuidadoso, sino que mostraba cierto artístico y gentil descuido, sin rayar en desorden, lo cual hubiera sido poco decoroso; se pulió las uñas; y como no era propio recibir de bata a D. Luis, se vistió un traje sencillo de casa. En suma, miró instintivamente a que todos los pormenores de tocador concurriesen a hacerla parecer más bonita y aseada, sin que se trasluciera el menor indicio del arte, del trabajo y del tiempo gastados en   —199→   aquellos perfiles, sino que todo ello resplandeciera como obra natural y don gratuito; como algo que persistía en ella, a pesar del olvido de sí misma, causado por la vehemencia de los afectos.
Según hemos llegado a averiguar, Pepita empleó más de una hora en estas faenas de tocador, que habían de sentirse sólo por los efectos. Después se dio el postrer retoque y vistazo al espejo con satisfacción mal disimulada. Y por último, a eso de las nueve y media, tomando una palmatoria, bajó a la sala donde estaba el Niño Jesús. Encendió primero las velas del altarito, que estaban apagadas; vio con cierta pena que las flores yacían marchitas; pidió perdón a la devota imagen por haberla tenido desatendida mucho tiempo; y, postrándose de hinojos, y a solas, oró con todo su corazón, y con aquella confianza y franqueza que inspira quien está de huésped en casa desde hace muchos años. A un Jesús Nazareno, con la cruz a cuestas y la corona de espinas; a un Ecce-Homo, ultrajado y azotado, con la caña por irrisorio cetro y la áspera soga por ligadura de las manos, o a un Cristo crucificado, sangriento y moribundo, Pepita no se hubiera atrevido a pedir lo que pidió a Jesús, pequeñuelo todavía, risueño, lindo, sano y con buenos colores. Pepita le   —200→   pidió que le dejase a D. Luis; que no se le llevase; porque él, tan rico y tan abastado de todo, podía sin gran sacrificio desprenderse de aquel servidor y cedérsele a ella.
Terminados estos preparativos, que nos será lícito clasificar y dividir en cosméticos, indumentarios y religiosos, Pepita se instaló en el despacho, aguardando la venida de don Luis con febril impaciencia.

Atinada anduvo Antoñona en no decirle que iba a venir, sino hasta poco antes de la hora. Aun así, gracias a la tardanza del galán, la pobre Pepita estuvo deshaciéndose, llena de ansiedad y de angustia, desde que terminó sus oraciones y súplicas con el niño Jesús hasta que vio dentro del despacho al otro niño.


Capítulo II: Paralipómenos, pág,193, según la dedición de la Revista de España, tomo XXXVII, de 28 de marzo de 1874. 

miércoles, 12 de junio de 2013

Il Pensionande del Saraceni

Carlo Saraceni (1615-1620): Vendedor de aves
La historia de este cuadro parace sacada de una novela de detectives. Se conocían cuatro obras de similares características técnicas, aparentemente pintadas en Italia a principios del siglo XVII por un autor desconocido. El cuidadoso estudio de tales obras sacó a la luz su parecido con las del pintor Carlo Saraceni, y puesto que tal personaje había tenido alojados en pensión a varios artistas, se pensó que el desconocido creador podría ser uno de esos inquilinos, al que se le dio le nombre el Il Pensionante de Saraceni.
Dicho esto, no hay duda de que las aves a las que hace mención el título son gallinas; una de las cuales le están robando con gran habilidad al despistado vendedor.

Juan J. Luna (2008): El bodegón español en el Prado. De Van der Hamen a Goya. Museo Nacional del Prado. Madrid.