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sábado, 28 de septiembre de 2013

La oscura historia de la prima Montse (fragmentos descriptivos y narrativos)


...ese arropamiento tribal que generalmente gozan las familias ricocatólicas cn mucha progenie y que ayuda a sentirse menos solo y desvalido en este mundo, en el trabajo y en las relaciones, cobijado a la sombra de las majestuosas ramas del frondoso árbol-apellido que se mecen seguras sobre esta sociedad de uñas y dientes afilados: es simplemente una honda y vieja nostalgia de estar rodeado de tíos y tías solventes y hospitalarias, de hermanas biencasadas y de cuñados, suegros, floridos ramilletes de sobrinas, de primos-hermanos y primas carnalísimas, allegados próximos o lejanos, ausentes o presentes pero en todo caso muchos, hermanados todos y bien situados en la vida, con influencias e introducidísimos; en fin, prima, vuestra numerosa parentela, la claramuntiana feligresía ramificada esplendorosamente sobre el viejo tronco del dinero y vivificada con el oportuno injerto financiero de algún perfumado conejo de hija-política o unos atributos masculinos muy estimados en los medios, con telegramática bendición papal y fervientes votos de felicidad. Quizá en todo ello no haya más que un sentimiento banal y epidérmico, qué quieres, una melancolía enfermiza, una típica idea de huerfanito.


(...)

Él se desnuda. El cuarto es pequeño y de techo inclinado, le han dejado el peor camastro, en un rincón y paralelo a las gruesas vigas encaladas del techo que, en su declinar, rozan casi la cabecera. En un ventanuco junto a la almohada se asoma la noche estrellada, un silencio remoto.

(...)


Juan Marsé (1970) : La oscura historia de la prima Montse, Barcelona:Lumen.

Sujeto, verbo y predicado. (Juan José Millás, 1990: La soledad era eso)

Elena dudó y sintió que el miedo hacía estragos otra vez en el área de su cuerpo dominada por los intestinos. Comprendió entonces que lo que más temía era ver a su madre sentada en la butaca, bajo el tictac del reloj de péndulo que al ponerse en marcha aquel domingo había restituido el viejo orden,la antigua armonía, la sintaxis familiar que evocaban la butaca y el reloj y en la que su madre había jugado el papel de cópula, de unión. sujeto, verbo y predicado, gritó atravesando el salón en un movimiento de pánico. Encendió la luz y contempló la butaca vacía, pero raramente habitada, sobre la que el reloj medía un tiempo que a Elena le concernía y no le concernía a la vez.

Juan José Millás (1990): La soledad era eso. Barcelona: Destino (Círculo de Lectores), pág.50.

domingo, 16 de junio de 2013

Alejandra Pizarnik


Alejandra Pizarnik


"Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón.
Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos".

domingo, 2 de junio de 2013

Elogio de la literatura

Elogio de la literatura

 2 JUN 2013 - 00:00 CETParecen lo mismo, pero no lo son.
No es lo mismo tragar agua que beber una copa de buen vino, no es lo mismo engullir una hamburguesa que paladear despacio un morteruelo hecho a mano, no es lo mismo pasar cinco minutos en una cabina de rayos UVA que disfrutar de una tarde de pereza en una playa desierta. No es lo mismo.
Un año más, comienza la Feria del Libro de Madrid. Lo que siempre ha sido difícil, este año parece insuperable. El empobrecimiento de las clases medias, vivero tradicional de los buenos lectores españoles; la asquerosa competencia de los piratas que campan a sus anchas en la impunidad que les ha garantizado la cobardía de sucesivos Gobiernos; la depresión general que induce a la gente a no salir de casa, a no gastar, a guardar sus pocas reservas por si les toca el próximo ERE… Siempre ha sido difícil, pero esa es también la buena noticia. Si ­hemos salido de otras, saldremos de esta, y un libro puede ser la mejor munición, una sólida trinchera donde resistir. Por eso es importante aclarar que no todos los libros son iguales.
Todo el mundo tiene derecho a escribir, a publicar lo que escribe. Desde luego, pues no faltaría más. Todo el mundo tiene derecho a planear una historia, a contarla con palabras y a decir que ha escrito una novela. Por supuesto que también, nadie puede arrogarse el título de juez supremo que decide qué es una novela y qué no lo es. Pero existe un plano más profundo, una vocación que desafía a las etiquetas y subyace bajo las estrategias de marketing de las editoriales. Una ambición, una pasión, un oficio. La voluntad de mirar el mundo y contarlo desde la propia mirada. La necesidad de formular preguntas sin buscar ni ofrecer respuestas. La aventura de inventar una isla desierta, un minúsculo punto capaz de modificar los mapas conocidos para invocar el amoroso naufragio de los lectores. Y eso, sólo eso, es ser novelista.

No se dejen engañar. No caigan en la trampa de lo que parece igual pero es distinto”
Hablo de mis semejantes, mis hermanos. Exigentes, perfeccionistas, obsesivos, capaces de dejarse arrebatar por una ficción originada en ellos mismos, de vivir dentro y fuera de su propia vida durante años, persiguiendo una imagen, una idea, el exacto significado de una palabra. No salen en la televisión, no son famosos, no tienen más presencia pública que las fotos de las solapas de sus libros. Pero son los guardianes del tesoro, los depositarios de una herencia ancestral, los héroes de estos tiempos de chichinabo, donde cada día más necios confunden valor y precio. Y encima, tienen que aguantar que tantos famosos de medio pelo, periodistas, estrellas de la televisión, seudoaristócratas y demás aparezcan en los telediarios exhibiendo esos libros que, dicen ellos, son sus novelas.
No se dejen engañar, escojan la literatura. Atrévanse a dejarse seducir por los autores que se juegan la vida en lo que escriben, acepten esa apuesta preciosa, solemne, y no caigan en la trampa de lo que parece igual pero es distinto. Este año tengo la suerte de poder recomendar con el corazón en la mano, sin trampa ni cartón, tres novelas escritas por mujeres. Nada se opone a la noche, de Delphine du Vigan; Las poseídas, de Betina González; Daniela Astor y la caja negra, de Marta Sanz. Tres miradas diferentes, desde París, desde Buenos Aires, desde Madrid, sobre el universo de las mujeres erróneas, esas que nunca acertamos a ser lo que se espera de nosotras. Tres desgarradores relatos sobre la amistad, la relación entre madres e hijas, y la confusión compartida, amores dolorosos, muy diferentes entre sí, pero capaces de inspirar libros espléndidos.
No olvidemos a los hombres. Insisto en Lobisón, de Ginés Sánchez, una asombrosa historia de hombres-lobo situada en la España contemporánea, una primera novela valiente, conmovedora, originalísima. Intemperie, la ópera prima de Jesús Carrasco, ha logrado la proeza de dar que hablar en un territorio, el de la información cultural de ahora mismo, tan hostil como el escenario donde sitúa a su desvalido protagonista. Tenemos además la ocasión de celebrar el retorno a la narrativa de un escritor extraordinario, Felipe Benítez Reyes, que acaba de publicar un excelente libro de relatos, Cada cual y lo extraño.
La literatura es el sudario que la reina Penélope teje de día y desteje de noche desde hace muchos siglos. Desde que ella ideó esa estratagema, mucho antes de que se inventara la televisión, muchos hombres y mujeres han consagrado sus vidas a continuar su labor, tejiendo y destejiendo un relato universal, imprescindible.
Ese tejido está ahora en sus manos.
Por favor, no corten los hilos.