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domingo, 7 de julio de 2013

José de Cadalso ( 1788-1789 ) Carta XLIV, Cartas marruecas.

De Nuño a Gazel, respuesta de la antecedente
(...) El siglo pasado no nos ofrece cosa que pueda lisonjearnos. Se me figura España desde fin de 1500 como una casa grande que ha sido magnífica y sólida, pero que por el discurso de los siglos se va cayendo y cogiendo debajo a los habitantes. Aquí se desploma un pedazo del techo, allí se hunden dos paredes, más allá se rompen dos columnas, por esta parte faltó un cimiento, por aquélla se entró el agua de las fuentes, por la otra se abre el piso; los moradores gimen, no saben dónde acudir; aquí se ahoga en la cuna el dulce fruto del matrimonio fiel; allí muere de golpes de las ruinas, y aun más del dolor de ver a este espectáculo, el anciano padre de la familia; más allá entran ladrones a aprovecharse de la desgracia; no lejos roban los mismos criados, por estar mejor instruidos, lo que no pueden los ladrones que lo ignoran.
Si esta pintura te parece más poética que verdadera, registra la historia, y verás cuán justa es la comparación. Al empezar este siglo, toda la monarquía española, comprendidas las dos Américas, media Italia y Flandes, apenas podía mantener veinte mil hombres, y ésos mal pagados y peor disciplinados. Seis navíos de pésima construcción, llamados galeones, y que traían de Indias el dinero que escapase los piratas y corsarios; seis galeras ociosas en Cartagena, y algunos navíos que se alquilaban según las urgencias para transporte de España a Italia, y de Italia a España, formaban toda la armada real. Las rentas reales, sin bastar para mantener la corona, sobraban para aniquilar al vasallo, por las confusiones introducidas en su cobro y distribución. La agricultura, totalmente arruinada, el comercio, meramente pasivo, y las fábricas, destruidas, eran inútiles a la monarquía. Las ciencias iban decayendo cada día. Introducíanse tediosas y vanas disputas que se llamaban filosofía; en la poesía admitían equívocos ridículos y pueriles; el Pronóstico, que se hacía junto con el Almanak, lleno de insulseces de astrología judiciaria, formaba casi toda la matemática que se conocía; voces hinchadas y campanudas, frases dislocadas, gestos teatrales iban apoderándose de la oratoria práctica y especulativa. Aun los hombres grandes que produjo aquella era solían sujetarse al mal gusto del siglo, como hermosos esclavos de tiranos feísimos. ¿Quién, pues, aplaudirá tal siglo?

 Pero ¿quién no se envanece si se habla del siglo anterior, en que todo español era un soldado respetable? Del siglo en que nuestras armas conquistaban las dos Américas y las islas de Asia, aterraban a África e incomodaban a toda Europa con ejércitos pequeños en número y grandes por su gloria, mantenidos en Italia, Alemania, Francia y Flandes, y cubrían los mares con escuadras y armadas de navíos, galeones y galeras; del siglo en que la academia de Salamanca hacía el primer papel entre las universidades del mundo; del siglo en que nuestro idioma se hablaba por todos los sabios y nobles de Europa. ¿Y quién podrá tener voto en materias críticas, que confunda dos eras tan diferentes, que parece en ellas la nación dos pueblos diversos?  (...)
     La predilección con que se suele hablar de todas las cosas antiguas, sin distinción de crítica, es menos efecto de amor hacia ellas que de odio a nuestros contemporáneos. Cualquiera virtud de nuestros coetáneos nos ofende porque la miramos como un fuerte argumento contra nuestros defectos; y vamos a buscar las prendas de nuestros abuelos, por no confesar las de nuestros hermanos, con tanto ahínco que no distinguimos al abuelo que murió en su cama, sin haber salido de ella, del que murió en campaña, habiendo vivido siempre cargado con sus armas; ni dejamos de confundir al abuelo nuestro, que no supo cuántas leguas tiene un grado geográfico, con los Álavas y otros, que anunciaron los descubrimientos matemáticos hechos un siglo después por los mayores hombres de aquella facultad. Basta que no les hayamos conocido, para que los queramos; así como basta que tratemos a los de nuestros días, para que sean objeto de nuestra envidia o desprecio (...)

El Siglo de las Luces (introducción de Joan Sureda)

El Siglo de las Luces (1996) (introducción de Joan Sureda), en  Historia del Arte Español, Planeta (Vol.VIII), págs:5-6

En 1762 Jean Jaques Rousseau publicó Du contrat social ou principes du droit politique, obra en la que el filósofo francés replanteaba  las relaciones entre la legítima aspiración que tiene el individuo de alcanzar la felicidad y la necesidad de que progrese el bien común o social. Para que ambas exigencias lleguen a buen fin, el hombre, según Rousseau, debería renunciar a sus derechos naturales y abandonarse a la protección del estado, que procuraría la libertad y la igualdad de todos los seres humanos; el legislador, intérprete de la voluntad del pueblo soberano, no habría de actuar más en beneficio de las minorías ostentadoras del poder, aristocrático o económico, sino en aras de proteger el bienestar social; las sociedades deberían gobernarse por los principios de la democracia y Roma habría de ser considerada como modelo para la creación de una verdadera religión de Estado.
El 26 de marzo de 1800, Gaspar Melchor de Jovellanos, desde su exilio en Gijón, escribía a Carlos IV: "Señor: Un extranjero que arribó a este puerto la semana pasada aseguró que acababa de imprimirse en Francia una traducción castellana de la obra titulada El contrato social y que en ella se habían insertado algunas notas que deben ser más peligrosas y subversivas que la misma obra.(...) Por tanto aunque no haya visto este libro (...) me apresuro lleno de inquietud y amargura, a elevarla a la suprema atención de V. M. :1º) A fin de que si fuese de su real agrado mande dar las más prontas y eficaces providencias para estorbar la entrada de libro tan pernicioso en sus dominios. 2º) Para que mande inqurir su autor e imponerle el condigno castigo (...)"
Aunque el hecho no es infrecuente en la España de finales del siglo XVIII, no deja de extrañar que, en el momento crítico en que Europa rompía el equilibrio social que había legtimado secularmente a la monarquía, un hombre del talante de Jovellanos - uno de los más notables intelectuales del siglo XVIII español, si no el que más; el ilustrado que como jurista, hombre de Estado y escritor dio a luz al reinado de Carlos III; aquel que su amigo Francisco de  Goya pintó elegante y melancólicamente sentado junto a su mesa de trabajo (...) se dirigiese a un rey voluble y débil como era Carlos IV instándolo a aque actuase como inquisidor de las ideas que hasta entonces habían guiado su intelecto.
El hecho, por extraño y paradójico que parezca, refelja en cualquier caso una España alarmada por el devenir de la Revolución Francesa, asustada por sus estragos; (...)
En la evolución de España se echa en falta el asentamiento de la revolución enciclopedista dieciochesca, ya que si bien gozó de gentes ilustradas e incluso de monarcas propicios a las Luces, como lo fue - con reservas- Carlos III, no feu acapaz de alcanzar el triunfo de la Ilustración.(...)

Gaspar Melchor de Jovellanos(1785) :Memoria sobre si se debían o no admitir las señoras en le Sociedad Económica de Madrid.

Gaspar Melchor de Jovellanos(1785): Memoria sobre si se debían o no admitir las señoras en le Sociedad Económica de Madrid (fragmentos): Madrid, Taurus, 1979.

(...) Paréceme que la dmisión de las señoras se deberá hacer en la forma común. (...)
Llamemos a esta morada de patriotismo a aquellas ilustres damas que han sabido preservarse del contagio (del desorden moral imperante en la época); honrémoslas con nuestro aplauso, con nuestras adoraciones; hagámoslas un objeto de emulación y competencia en medio de su sexo; abramos estas puertas a las que vengan a imitarlas; inspiremos en todas el amor a las virtudes sociales, el aprecio de las obligaciones domésticas, y hagámoslas conocer que no hay placer ni vrdadera gloria fuera de la virtud.
(...)
En suma, el conocimiento de los talentos, las afecciones, las conveniencias de cada una, nos abrirá un manantial inagotable de recursos, que podremos esperar de su parte.
(...)
Concluyo, pues , diciendo que las señoras deben ser admitidas con las mismas formalidades y derechos que los demás individuos, que no debe formarse de ellas clase separada; que se debe recurrir a su consejo y a su auxiliio en las materias propias de su sexo, y del celo, talento y facultades de cada una; y finalmente, que todoe sto se debe acordar por acta formal, y si pareciese, extender un reglamento separado que fije esta materia para lo sucesivo

martes, 2 de julio de 2013

Discurso de Amos Oz al recibir el Premio P. de Asturias de las Letras (2007)

Si adquieres un billete y viajas a otro país, es posible que veas las montañas, los palacios y las plazas, los museos, los paisajes y los enclaves históricos. Si te sonríe la fortuna, quizá tengas la oportunidad de conversar con algunos habitantes del lugar. Luego volverás a casa cargado con un montón de fotografías y de postales.

Pero, si lees una novela, adquieres una entrada a los pasadizos más secretos de otro país y de otro pueblo. La lectura de una novela es una invitación a visitar las casas de otras personas y a conocer sus estancias más íntimas.

Si no eres más que un turista, quizá tengas ocasión de detenerte en una calle, observar una vieja casa del barrio antiguo de la ciudad y ver a una mujer asomada a la ventana. Luego te darás la vuelta y seguirás tu camino.

Pero como lector no sólo observas a la mujer que mira por la ventana, sino que estás con ella, dentro de su habitación, e incluso dentro de su cabeza.

Cuando lees una novela de otro país, se te invita a pasar al salón de otras personas, al cuarto de los niños, al despacho, e incluso al dormitorio. Se te invita a entrar en sus penas secretas, en sus alegrías familiares, en sus sueños.

Y por eso creo en la literatura como puente entre los pueblos. Creo que la curiosidad tiene, de hecho, una dimensión moral. Creo que la capacidad de imaginar al prójimo es un modo de inmunizarse contra el fanatismo. La capacidad de imaginar al prójimo no sólo te convierte en un hombre de negocios más exitoso y en un mejor amante, sino también en una persona más humana.

Parte de la tragedia árabe-judía es la incapacidad de muchos de nosotros, judíos y árabes, de imaginarnos unos a otros. De imaginar realmente los amores, los miedos terribles, la ira, los instintos. Demasiada hostilidad impera entre nosotros y demasiada poca curiosidad.

Los judíos y los árabes tienen algo en común: ambos han sufrido en el pasado bajo la pesada y violenta mano de Europa. Los árabes han sido víctimas del imperialismo, del colonialismo, de la explotación y la humillación. Los judíos han sido víctimas de persecuciones, discriminación, expulsión y, al final, el asesinato de un tercio del pueblo judío.

Cabría suponer que dos víctimas, y sobre todo dos víctimas de un mismo perseguidor, desarrollarían cierta solidaridad entre ellas. Desgraciadamente las cosas no son así, ni en las novelas ni en la vida real. Por el contrario, algunos de los conflictos más terribles son aquellos que se producen entre dos víctimas de un mismo perseguidor. Los dos hijos de un progenitor violento no tienen por qué amarse necesariamente. Con frecuencia ven reflejada el uno en el otro la imagen del cruel progenitor.

Exactamente así es la situación entre judíos y árabes en Oriente Medio: mientras los árabes ven en los israelíes a los nuevos cruzados, la nueva reencarnación de la Europa colonialista, muchos israelíes ven en los árabes la nueva personificación de nuestros perseguidores del pasado: los responsables de los pogroms y los nazis.

Esta realidad impone a Europa una especial responsabilidad en la solución del conflicto árabe-israelí: en lugar de alzar un dedo acusador hacia una u otra de las partes, los europeos deberían mostrar afecto y comprensión y prestar ayuda a ambas partes. Ustedes no tienen por qué seguir eligiendo entre ser pro-israelíes o pro-palestinos. Deben estar a favor de la paz.

La mujer de la ventana puede ser una mujer palestina de Nablus y puede ser una mujer israelí de Tel Aviv. Si desean ayudar a que haya paz entre las dos mujeres de las dos ventanas, les conviene leer más acerca de ellas. Lean novelas, queridos amigos, aprenderán mucho.

Las cosas irían mejor si también cada una de esas dos mujeres leyese acerca de la otra, para saber, al menos, qué hace que la mujer de la otra ventana tenga miedo o esté furiosa, y qué le infunde esperanza.

No he venido esta tarde a decirles que leer libros vaya a cambiar el mundo. Lo que he sugerido es que creo que leer libros es uno de los mejores modos de comprender que, en definitiva, todas las mujeres de todas las ventanas necesitan urgentemente la paz.

Quiero agradecer a los miembros del jurado del premio Príncipe de Asturias que me hayan otorgado este maravilloso Premio. Muchas gracias y mis mejores deseos a todos ustedes. Shalom u-brajá.

Nota tomada de: http://cultura.elpais.com/cultura/2007/10/26/actualidad/1193349607_850215.html

domingo, 16 de junio de 2013

Ordenar el mundo

Ordenar el mundo

Pongamos el foco sobre ese sillón cuya tapicería se encuentra en perfectas condiciones. Alguien tuvo que llevarlo hasta ahí, donde, como en toda guerra, está todo roto


KHALIL ASHAWI (REUTERS)Recomendar en Facebook
Nos gustan las imágenes en las que lo que debía estar dentro se encuentra fuera. Ahora nos referimos a ese sillón, cuya tapicería, dentro del desastre, se encuentra en perfectas condiciones. Hay en la foto más cosas que están fuera, sobre todo fuera de quicio, pero el sillón, ah, el sillón, no salió a la calle por sus propios medios. Alguien tuvo que arrastrarlo hasta la puerta y bajarlo por las escaleras y empujarlo o llevarlo en volandas hacia esa especie de cruce en el que está todo roto, como están las cosas en las guerras, para sentarse en él y vigilar si viene el enemigo. Eso es lo que hace el soldado, vigilar desde el sillón doméstico si hay moros en la costa, con perdón del lugar común. Ahora bien, mientras el soldado sacaba el mueble de su sitio, ¿tendría la impresión de estar transgrediendo algo? ¿No le parecía que era como extraer una víscera de un cuerpo abierto?
De acuerdo en que la casa estaba muerta, todas lo están. Pero así y con todo, extraer un mueble de su espacio natural, por deteriorado que se encuentre ese espacio, y colocarlo a la intemperie, es añadir caos al caos. De hecho, no parece que el soldado esté muy cómodo. Comprende, sin duda, que hay algo fuera de sitio, comprende que hasta en la guerra conviene conservar algo de sintaxis, si no por la propia dignidad, por la de los objetos. No nos extrañaría, en fin, que un cuarto de hora después de que se hubiera obtenido la imagen, el soldado hubiera devuelto el sillón al cuarto de estar. Para ordenar un poco el mundo, ¿no?, que es que lo tenemos todo patas arriba.

Lo mejor es no haber nacido

Lo mejor es no haber nacido

La gente está cada vez más entregada a la superstición de las estadísticas y los porcentajes, los toman por un oráculo olvidando que en todo hay dosis de incertidumbre

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Una vez más me veo obligado a abrir con una preocupación sobre mí mismo, además de con una perplejidad. Como tan a menudo me sucede en estos tiempos, la opinión mayoritaria sobre algún asunto me lleva a pensar, inevitable y modestamente, que el imbécil y el loco debo de ser yo. Yo el equivocado, yo el cretino, yo el insensible, y más vale que así sea, porque de lo contrario sería el mundo el que estaría no sólo lleno, sino dominado por gente errada, insensible y cretina. Preferiría con mucho que el daño se viera limitado a una sola persona, o a unas cuantas como yo.
Lo cierto es que desde que la famosa actriz Angelina Jolie anunció que se había practicado una doble mastectomía preventiva y que meditaba si extirparse también los ovarios con el mismo ánimo de evitación de un cáncer en dichos órganos, en España no he leído más que grandes elogios a su decisión (en los Estados Unidos ha habido más prudencia), incluidos los de un editorial de este diario, escrito, supongo, por alguien con conocimientos médicos, de los que yo carezco, claro está. Al parecer, por sus antecedentes familiares y sus mutaciones genéticas, la actriz tenía un 87% de posibilidades de desarrollar, a lo largo de su vida, cáncer de mama o de ovarios. En fin, líbreme el cielo de discutir su resolución, a título personal. Cada cual tiene sus miedos y toma las medidas que se los aplaquen. Pero la deliberada publicidad otorgada a su solución tan drástica trasciende lo estrictamente personal, y así lo demostraba la índole de los casi unánimes elogios: lo celebrado no era tanto lo que Jolie había hecho con su cuerpo o con determinadas partes de él cuanto que lo hubiera anunciado a los cuatro vientos, con una intención innegablemente proselitista. La argumentación que he leído aquí y allá viene a ser esta: si uno de los iconos de la belleza contemporánea está dispuesta a cortarse, por si acaso, algunos de los atributos o símbolos de esa belleza, ¿no ayudará enormemente a que sigan la misma senda infinidad de mujeres menos agraciadas, y menos ricas y populares? Más aún teniendo en cuenta que vivimos en una época enfermizamente mimética, en la que un indecente número de personas esperan a ver qué hacen u opinan otros –sobre todo si son celebridades– para adecuar sus conductas y sus ideas a ello. La prueba de esta epidemia de mímesis es que no hay necedad que no prospere y no triunfe, que no consiga al instante una ingente cantidad de adeptos y seguidores.

La gente está cada vez más entregada a la superstición de las estadísticas y los porcentajes, los toman por un oráculo olvidando que en todo hay dosis de incertidumbreoráculo
La gente está cada vez más entregada a la superstición de las estadísticas y los porcentajes, los toman por un oráculo olvidando que en todo hay dosis de incertidumbre. El antiguo líder comunista Carrillo, que fumó desde quién sabe cuándo hasta el último día de su vida, murió con noventa y siete años, y su foto debería figurar también en las cajetillas de cigarrillos, porque existe la posibilidad –aunque porcentualmente pequeña– de alcanzar su edad con buena salud entre nubes de humo. Lo probable no es sinónimo de lo seguro, y ni siquiera un 87% de posibilidades condena a nadie con certeza a padecer un cáncer de mama. Debo decir que, al conocer la decisión de la actriz, no pude evitar acordarme de lo que propuso George Bush Jr –una afamada lumbrera– en un momento de su mandato: sugirió que se talaran varios bosques para evitar incendios forestales. Si no hay árboles, venía a ser su razonamiento, no habrá riesgo de que ardan. Si no hay glándulas mamarias ni ovarios, no puede aquejarlos un cáncer, desde luego, pero de algo suele servir cuanto el cuerpo posee. Ni siquiera lo que sirve de poco –el apéndice– anda la gente quitándoselo preventivamente, para ahorrarse una posible apendicitis que, con mala suerte, podría derivar en mortal peritonitis. Voy a cortarme la cabeza, podría decirse alguien, por si me sale un tumor en el cerebro. O los testículos al menos, sin los cuales se puede vivir, tengo entendido (sin la cabeza no, ya lo sabemos, perdón por el ejemplo exagerado).
Parece como si muchas personas actuales hubieran renunciado a creer en lo azaroso y en la suerte, y se hubieran dado al fatalismo que traen consigo las estadísticas. En cuanto sale una noticia sobre lo nociva que es una sustancia, hay millones de individuos que la abandonan radicalmente. No hablemos ya de un alimento que tal vez esté “contaminado” o de un medicamento puesto en tela de juicio. No tenemos en cuenta que algunas de estas campañas o malas famas son interesadas, lanzadas por la competencia, y que al cabo de tantos meses o años se “descubren” las bondades de lo que un día fue estigmatizado y proscrito. El azúcar fue pésimo para todo durante largo tiempo, y ahora parece que ya no lo es tanto. La leche se juzgó sanísima y necesaria para el crecimiento, y ahora tiene, por lo visto, consecuencias indeseables. Hay quien anatematiza el vino y quien lo recomienda en cantidades moderadas. Ya lo dice el viejo chiste: “Vivir es sumamente perjudicial para la salud”. A la luz de nuestras tendencias, hay que ir aún más lejos. Parafraseando a Madame du Deffand, la mejor manera de blindarse contra el cáncer y contra toda dolencia, accidente y angustia es sin duda no haber nacido.